Por:
Pedro Santibañez

Apenas oficializada la sede llegó con ella
una impresionante lista de exigencias, que implicaban la construcción de varios
estadios, obras de infraestructura vial, servicios y un sinfín de condiciones,
todo a cargo del gobierno brasileño que, hasta la fecha, ha tenido que invertir
alrededor de 11 mil millones de dólares, pero apenas comenzaron los
preparativos comenzaron los problemas: no había la capacidad técnica suficiente
para tener a tiempo la construcción de todos los estadios; la corrupción de los
funcionarios gubernamentales y las empresas constructoras inflaron los costos
de una manera desorbitante (¿Dónde hemos escuchado esa misma historia?) y, lo
peor de todo para la presidenta de izquierda y para su líder moral Lula Da
Silva, los brasileños, que son considerados a nivel internacional como los
reyes del futbol, dejaron a un lado la manipulación mediática y se lanzaron a
las calles para protestar en contra de la inauguración del mundial, criticando
los altísimos e inútiles costos de la construcción de estadios en ciudades
donde se convertirán en elefantes blancos una vez que pase el evento, en tanto
el país, que ha tenido indiscutiblemente una gran mejoría en los últimos años,
sigue registrando índices de pobreza muy críticos y la reciente clase media que
ha surgido de la nueva etapa de crecimiento, muestra un sentido crítico que
anteriormente no tenía, por lo cual ha desplegado esa gran movilización crítica
y opositora a un evento que no le encuentran sentido, si Brasil ha sido cuatro veces
campeón del mundo jugando en otros países el mundial.
Ya anteriormente Edson Arantes Do
Nacimento, el famoso “Rey Pelé”, había declarado: “Ojala que a mi país nunca le
toque organizar el mundial de futbol por todas las exigencias que eso implica”.
Tenía mucha razón alguien que sabe todo los entresijos del mundo del futbol,
pero además mientras el brasileño Joao Avelange fue el presidente de la FIFA, y
lo fue por muchísimos años, nunca promovió a Brasil para ser sede de un mundial
de futbol, algo que México ha hecho en dos ocasiones, además de haber
organizado también unos juegos olímpicos, los cuales seguimos pagando, después
de 46 años, con el impuesto a la tenencia de los automóviles; un impuesto
absurdo que se nos impuso para financiar supuestamente los gastos de la
olimpiada de 1968, cuyo preámbulo fue nada menos que el movimiento estudiantil
de ese mismo año; un acontecimiento político que partió la historia del México
moderno.
Hoy Brasil, uno de los países emergentes
del mundo, que se presumía estaba pasando por una periodo dorado en su economía
y en su desarrollo social, tiene todo un movimiento político de protesta en
contra de un gobierno de izquierda que, hasta ahora, era considerado como
exitoso, pero que a consecuencia del despilfarro y la corrupción que se han
dado en torno al mundial, está poniendo en riesgo la reelección de la propia
Dilma Rousseff, quien en la inauguración ha recibido un coro de reclamos y una
rechifla, como la que en su momento recibieron Gustavo Díaz Ordáz y Miguel De
la Madrid Hurtado.
Para la FIFA no hay ningún problema, el
poderoso organismo, que tiene por cierto un manejo directivo y corporativo que
tiene ciertos tintes mafiosos o por lo menos bastante oscuros, considera que
tendrá ingresos por 4 mil millones de dólares y gastos totales por 2 mil
millones de dólares, lo que le reportará ganancias por 2 mil millones de
dólares, en lo que es un cálculo conservador por parte de los especialistas. En
su última edición la revista Forbes, considerada líder internacional en la
especialidad de negocios y finanzas, calculó en 200 mil millones de dólares el
valor de la industria mundial del futbol profesional, tomando en cuenta los
contratos comerciales, el costo de los equipos y el valor de los futbolistas.
Una gigantesca máquina de dinero que nunca se detiene y a la cual no le afectan
las crisis económicas globales. Europa, donde se encuentra la mayor parte de
este monstruoso negocio, está pasando por una situación verdaderamente difícil,
pero el espectáculo futbolero sigue gastando y ganando carretas de millones de
dólares o de euros, según la moneda que se prefiera.
Por lo pronto los brasileños han mostrado
que adoran el futbol, pero adoran más el bienestar de su país y no están
dispuestos a pagar ellos los costos financieros para que la FIFA monte su circo
multimillonario. Estas molestos y están también dispuestos a castigar
políticamente a sus políticos por el despilfarro y la corrupción, lo cual hay
que aplaudírselos, tanto o más que un golazo de campeonato.